martes, 2 de diciembre de 2008

La azarosa vida de Julián del Casal






No muchos saben que una de las figuras más destacadas de la literatura finisecular en lengua castellana fue este poeta que nació en Cuba en 1863 y que murió en su Habana natal sólo treinta años más tarde. Perteneciente a una familia de clase alta, desde muy joven Julián del Casal vivió lo que podríamos considerar como una decadencia familiar en toda regla. Su madre murió, su padre se arruinó y el joven Julián, que había soñado con una deslumbrante carrera literaria en Europa, tuvo que quedarse en Cuba escribiendo para distintos periódicos y tratando de sobrevivir. Sin embargo, no abandonó los versos y, en 1891, la aparición de su libro Nieve fue saludado por algunos especialistas como uno de los casos más perfectos de la poesía parnasiana hispánica.



Ahora bien, Julián distaba de encontrarse a gusto en una isla que consideraba como un desierto aislado de toda civilización. La Cuba de la época vivía inmersa en conflictos sociales, económicos y políticos que desembocarían en el 98 que a los intelectuales españoles del fin de siglo les costaría tanto olvidar. El poeta, ajeno a estas situaciones, leía en francés, cincelaba versos clásicamente perfectos poblados por ninfas, dioses olímpicos y heroínas bíblicas, y anhelaba viajar a Europa para cumplir uno de sus sueños: visitar, en París, al pintor Gustave Moreau.



Moreau, el “maître sorcier” de la pintura simbolista, vivía ya una vejez sosegada y casi eremita en su casa parisina (la misma que hoy alberga su casa museo), recibiendo, a veces con interés, a veces con indiferencia, las cartas que le remitían poetas y artistas de todo el mundo embrujados ante sus obras oníricas, misteriosas y remotas. Uno de ellos fue el joven Casal, que llegó al límite de incluir en Nieve una sección con poemas dedicados a cuadros del francés. La historia de esta obra es azarosa: el poeta no había visto más que pobres reproducciones de las obras originales, que además le fueron remitidas en algunos casos sin indicación ninguna, por lo que se vio forzado a exprimir sus conocimientos de mitología e historia antigua para identificarlos y poder escribir en consonancia. También es algo bizarra la relación epistolar entre el poeta y el pintor: por ejemplo, el cubano pedía reiteradamente un retrato del francés que Moreau, que siempre había odiado ese tipo de notoriedad, se negaba también repetidamente a proporcionarle.



Finalmente Casal consiguió el ansiado pasaje para Europa. Llegó a Madrid, se presentó en los círculos poéticos españoles y, cuando se dio cuenta, se le había acabado el dinero y tuvo que regresar a Cuba sin haber puesto un pie en París y, lógicamente, sin haber conocido a su adorado Moreau, del que planeaba escribir una biografía.



Aquel fue su último viaje. Casal siempre había tenido una salud extremadamente delicada (siempre se creyó al borde de la muerte) y una noche, en una cena en casa de una familia amiga, alguien contó un chiste, y Casal tuvo un ataque de risa tan violento que falleció en el acto. Así, con un mal chiste, terminó súbitamente una de las carreras literarias más prometedoras de la escritura decadente hispánica. Como consuelo, quedan sus poemas.

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